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El descocotamiento de Cuba: prensa, agricultura y servicios en ruinas
20-10-2026 | Es el resultado de décadas de planificación central. El sistema intenta reaccionar improvisando con "empresas no estatales" y autonomías municipales, pero llega tarde: la obsolescencia tecnológica es insalvable, los trabajadores más capaces han emigrado y la cultura gerencial fue asfixiada. El castrismo ha inoculado una suerte de inmunodeficiencia que impide reaccionar. La única reconstrucción posible no vendrá del Estado, sino de devolver la libertad al ciudadano.
El descocotamiento de Cuba: prensa, agricultura y servicios en ruinas | Por Librado Linares

La desaparición de los periódicos impresos —Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores— simboliza el derrumbe de un sistema que ya no logra sostener ni su propia propaganda. La crisis de distribución en el correo de Camajuaní es apenas un síntoma de un colapso más amplio: el país se descocota, como las palmas que se desploman cuando pierden fuerza.

En Cuba la prensa escrita no es un actor independiente ni plural: es la opinión oficial del partido único, mutilada y sin contraparte. Ni siquiera esa herramienta de propaganda les va quedando al castrismo. 

Las tiradas se reducen, el papel escasea y los periódicos llegan cada vez menos. Mientras la televisión insiste en hablar de “recuperación”, la realidad es que la prensa escrita está desapareciendo. La migración digital deja fuera incluso a lo que pudiera quedar de las bases del castrismo. 

La crisis de la prensa oficialista se ha venido evidenciando hasta ahora, pues el común del cubano de a pie utiliza el papel periódico para necesidades de segundo orden: limpiarse las heces fecales. Ese es el destino real de lo que antes se presentaba como “órgano oficial”.

Los organopónicos y fincas urbanas, antaño símbolo de resistencia, hoy están casi paralizados, con mínima producción. La feria agropecuaria de los domingos lo refleja con crudeza: un solo oferente de arroz a 360 CUP la libra. El robo de ganado aumenta y las yuntas de bueyes —último recurso campesino— han desaparecido, dejando al campo sin fuerza de trabajo ni esperanza.

Electricidad, agua, recogida de basura, bancos, internet, farmacias: todos en crisis. El mercado negro de medicamentos funciona como válvula de escape que evita tragedias mayores, pero a costa de la legalidad y la seguridad sanitaria. El servicio policial se deteriora y la inseguridad crece, sumando miedo a la precariedad cotidiana. 

A todo ello se suma la incapacidad manifiesta del sistema para construir instituciones sólidas y, mucho menos, apropiarse de una cultura gerencial. No existe una estructura que administre con eficiencia ni que planifique con visión de futuro. Lo que predomina es la improvisación y el desgaste, reflejo de un modelo que nunca aprendió a gestionar.

En la televisión se muestran “fincas modelo” para dar la impresión de recuperación, mientras la mayoría está en declive. La desconexión entre la propaganda y la realidad cotidiana es cada vez más evidente, y la población lo percibe como una burla a su sufrimiento.

El castrismo intenta ahora promover las llamadas “empresas no estatales”, conceder cierta autonomía a la generación de bienes y servicios, y delegar responsabilidades a los municipios. Pero a todas luces esto crea desconcierto y atrofia. 

El sistema está enchapado a la antigua: tiene que aprender a desaprender los métodos de ordeno y mando, las concepciones rígidas que durante décadas fueron dogma. La parálisis actual genera una espiral descendente, agravada por la corrupción. 

Se demoraron tanto en aplicar reformas de tipo capitalismo de Estado que las instituciones económicas arrastran una obsolescencia tecnológica insalvable. Los trabajadores más capacitados han emigrado, dejando un vacío de conocimiento y gestión. Y lo más grave: no están preparados para asumir las cuotas de autonomía que se les conceden. La cultura gerencial nunca se desarrolló, y ahora la improvisación se convierte en norma.

Este descocotamiento generalizado —que va desde la desaparición de la prensa oficialista impresa hasta el colapso de la agricultura, los servicios públicos y la seguridad ciudadana— no es fruto del azar, sino de un sistema basado en la planificación central, la falta de libertad, el colectivismo, un marco de incentivos perverso y un manejo macroeconómico desastroso, todo concentrado en la voluntad de una sola persona: el primer secretario del partido único. 

La verdadera solución pasa por la restitución del ciudadano, del emprendimiento, de la laboriosidad, el ahorro, la innovación y la inversión. Son estos los motores que el socialismo castrista no logra generar, por mucho que se proponga avanzar en esa dirección. Después de décadas, lo que ha inoculado es una suerte de inmunodeficiencia adquirida que impide al país reaccionar y recuperarse. Solo devolviendo la libertad y la iniciativa a los cubanos podrá comenzar la reconstrucción.

 
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