
La vileza del represor castrista que secuestró y amenazó a Manuel Cuesta Morúa —diciéndole sin rubor que tenía la orden de ejecutarlo si llegaban los americanos— no es un hecho aislado, sino el reflejo de un sistema que ha cultivado la obediencia ciega, la deshumanización del opositor y la legitimación del abuso como deber patriótico. Este sujeto, proveniente de Santiago de Cuba y con un historial represivo acumulado, encarna cómo las instituciones, la ideología y la psicología se combinan para producir individuos capaces de actuar con crueldad sin remordimiento.
Los móviles de tanta vileza se encuentran en instituciones que premian la represión y garantizan impunidad, en una ideología que presenta al opositor como enemigo interno y justifica su eliminación, y en una psicología que deshumaniza al disidente y convierte la obediencia en virtud, anulando la empatía. Ante este panorama, es natural que surjan deseos de revancha o de sanción judicial. Sin embargo, la respuesta que Cuba necesita no puede ser una espiral de violencia, golpes y contragolpes. El castrismo introdujo como nunca antes el odio y la polarización en la historia nacional; desmontar esa herencia exige una visión distinta.
Esa visión es la filosofía de la Noviolencia. No se trata de personalizar el conflicto en individuos concretos, porque el problema es sistémico y no solo personal. Se trata de apostar por la verdad como fundamento de la reconciliación, por una justicia no rigorista que sancione sin reproducir la crueldad, por la misericordia que no significa impunidad sino la capacidad de ver al otro como ser humano, y por la paz y la reconciliación como proyecto nacional compartido. Esta propuesta no es de cobardes, sino de valientes: implica dominar los instintos básicos de castigo y odio, y poner por delante los intereses de la nación.
La Noviolencia es acción transformadora, capaz de liberar a Cuba no solo de un régimen, sino de la cultura de odio que lo sostiene. Es la apuesta por un futuro donde la verdad y la justicia se conjugan con la misericordia y la paz, evitando que el país caiga en la repetición de ciclos de violencia. Es, en definitiva, el camino corajudo para sanar a Cuba y reconstruirla sobre bases de dignidad y convivencia.