Editoriales
 
¿Por qué en Cuba no hay estallidos sociales?
Por Librado Linares García
9 de noviembre de 2020
Uno de los vicios del discurso oficial consiste en manipular las teclas más sensibles de nacionalismo cubano, definiéndolo frente a los EEUU, así como hablar en nombre del pueblo cubano como un todo, sin haberlo consultado en un contexto de respeto a las libertades básicas y los derechos fundamentales.

Debemos saber distinguir entre un régimen autoritario y uno totalitario, para explicarnos eficazmente por qué en nuestro país no se han producido hasta el momento estallidos sociales y con ello un cambio sistémico. El segundo posee: una ideología oficial con pretensión milenarista; un dueto compuesto por una policía secreta con poder omnímodo, y por otra parte, la de un único partido, que, se erige con “el papel dirigente político superior de la sociedad y el Estado”, pero que la ciudadanía no elige a sus miembros para tal desempeño, de modo que en la praxis son los hombres leales del caudillo, encargados de hacer valer las ordenanzas en todo momento y lugar; una economía centralmente planificada y de propiedad estatal que genera dependencia y con ello la subordinación de la sociedad; todas las instituciones de transmisión cultural, así como de propaganda, entre las que se encuentran la prensa, el sistema de educación y las del arte; no está concebida la división de poderes, propiciando la enorme debilidad, por no decir la subordinación total, del legislativo y el judicial; unas organizaciones de masas, las únicas posibles, que son verdaderas corporaciones encargadas de evitar la emergencia de agendas reivindicativas y/o la protesta pública; tienen el monopolio total de la violencia a través de unos cuerpos policíacos y de un ejército, ideologizados y subordinados institucional y psíquicamente al caudillo, entre otros. En fin, en el mejor estilo organicista, la nación es considerada como un cuerpo homogéneo y unánime, donde no es posible el pluralismo, la libertad y el Estado de Derecho.

Por todo lo anterior no se puede comparar al régimen totalitario castrista con los autoritarismos de Machado y Batista. Eso es, los dos últimos se basaron en la represión bruta, así como en la derogación parcial o total de las respectivas constituciones con las que les tocó lidiar, pero pervivieron una parte de las instituciones de la sociedad civil de entonces, e incluso los partidos políticos, las elecciones, claro está, fraudulentas, en este caso la de 1958, y un vigoro entramado de micro, pequeña, medianas y grandes empresas que le proporcionaban una autonomía económica a la nación con relación a esos regímenes.

Evidentemente que Machado y Batista fueron unos dictadores, pero el nivel de sometimiento y violaciones flagrante de los DDHH que implementaron fue mucho menor que en la presente experiencia totalitaria, de ahí la relativa corta duración de los mismo y la longevidad del castrismo.

Uno de los vicios del discurso oficial consiste en manipular las teclas más sensibles de nacionalismo cubano, definiéndolo frente a los EEUU, así como hablar en nombre del pueblo cubano como un todo, sin haberlo consultado en un contexto de respeto a las libertades básicas y los derechos fundamentales. Las élites “revolucionarias” vieron un gran filón en estas herramientas discursivas, en aras de movilizar a las “masas” en su favor y levantar una cortina de humo para esconder las violaciones flagrantes de los DDHH que cometen. Esos son trucos usado en otros lares.

Lo que se impone en nuestro país, es corregir el entramado de relaciones internacionales, osea, tomar distancia de la pléyade de autocracias con las que se relacionan íntimamente los que detentan el poder, y saltar hacia el mundo libre y democrático. Eso necesariamente tiene que ir acompañado con la implementación de una transición hacia la democracia. Para poder comprender las tensas relaciones Cuba-EEUU, y las sanciones concomitantes del segundo sobre el primero, hay que analizar al totalitarismo cubano como un todo: su política exterior orientada históricamente a socavar los intereses del país vecino, y la naturaleza absolutista en su versión totalitaria del mismo.

El ataque al neoliberalismo es enfermizo, como si no hubiera quedado evidenciado suficientemente que la economía de mercado en cualquiera de sus variantes: Neoclásica, keynesiana, Social de Mercado, la Nueva Economía y la vinculada a la cuarta revolución industrial, es el motor indiscutido en la generación de riqueza y oportunidades. Lo bueno que tiene el capitalismo es que se reinventa a sí mismo. Por el contrario, qué tienen que mostrar los castristas como alternativa a dicho neoliberalismo, si después de 60 años se han visto en la necesidad de comenzar a desarrollar extemporáneas reformas de mercados. La referida “pedagogía de F. Castro” es antitética con dicha metamorfosis.Con respecto “al descrédito de la democracia burguesa”, esgrimido una y otra vez por los propagandistas del establishment, quiero apostillar que la DEMOCRACIA sin adjetivos, tal y como la conocemos actualmente, “es una forma de participación de los ciudadanos en la adopción de decisiones públicas” y ante todo se precisa de una construcción permanente de la misma y por tanto no caduca. Más allá de si se opta por la procedimental o la consecuencialista, no pertenece a ninguna clase, es de los ciudadanos. En ese mismo orden de cosas, las hay institucionalmente maduras como las escandinavas, así como otros niveles de implementación con desperfectos corregibles. También están “los autoritarismos de base democrática” como el venezolano, eso es, el caudillo que se presenta como insustituible, utiliza el juego democrático para escalar al poder, y desde el mismo, mutila la constitución y leyes complementarias, utilizando como coartada el populismo, carismatismo, paternalismo y demás.

Los sistemas demoliberales se manejan con diferentes variables y combinaciones de las mismas: presidencialista, parlamentario, mixturas de estas dos variantes, republicano o monarquía parlamentaria, el consenso a que se llegue en cuanto a que proporciones de democracia directa, participativa y representativa se dará la sociedad, si se adopta una república unitaria o federal, el tamaño que se le conferirá al Estado como porciento del PIB, y en la era digital y de la tecnociencia las posibilidades e innovaciones de las mismas son grandes. Osea, que al igual que el capitalismo, esta se reinventa constantemente, eso sí, existen esencias que no pueden ser socavadas, como, por ejemplo, que el ciudadano tenga el derecho a participar directamente en el gobierno o a través de sus representantes y que sus derechos individuales son anteriores al Estado y por tanto no pueden ser conculcados bajo ninguna circunstancia.

Librado R. Linares García, Sec. general. del MCR.móviles: 52378063 y 53769404 y pág.: www.mcrcuba.orgNOTA: este artículo es una respuesta al parecido en el periódico Granma del día 2 de noviembre titulado: ¿Por qué en Cuba no hay estallidos sociales? del periodista Iroel Sánchez.