Editoriales
 
Las elecciones en Cuba
Por Librado Linares García
12 de octubre de 2019
Las fuerzas vivas prodemocráticas deben apostar, desde una perspectiva sociológica, por un modelo que disemine por toda la sociedad una inquietud vivificante, una energía cívica sin igual y unas fuerzas que emanen desde lo más sentido de sus entrañas. Las fuerzas vivas prodemocráticas deben apostar, desde una perspectiva sociológica, por un modelo que disemine por toda la sociedad una inquietud vivificante, una energía cívica sin igual y unas fuerzas que emanen desde lo más sentido de sus entrañas.

El domingo 10 de octubre se cumplió la Segunda Disposición Transitoria de la nueva Constitución: en sesión extraordinaria se eligieron al Consejo de Estado, Presidente, Vicepresidente y Secretario de éste, así como al Presidente y Vicepresidente de la “República”. Como era de esperarse, quedó realizada la voluntad del Primer Secretario del Comité Central del PCC y General de Ejército: Raúl Castro. Cabe anotar seis cosas: - los candidatos seleccionados por la Comisión de Candidatura fueron sometidos a votación abierta en el plenario antes de que se acudiera a las urnas, a modo de crear una atmósfera de comprometimiento; - se transmitió diferido el cónclave, en aras de evitar que los televidentes no presenciaran posibles intervenciones incómodas al poder; - solamente asistieron 580 de los 605 “parlamentarios”: habían 6 plazas vacantes y 19 no comparecieron sin que se diera una explicación al respecto; - los ¨diputados¨ de ocasión se comportaron como lo que son: un rebaño de ovejas diligentes; - el evento no despertó el más mínimo interés en la población; - en el discurso de toma de posesión, la voluntad predominó sobre la razón y en consecuencia estuvo empapado de la más rancia ortodoxia castrista, osea, no está proyectado hacia un futuro de reformas modernizadoras. Sobran los comentarios.

El hecho de que todos los cargos elegidos obtuvieran más del 99 % de aprobación en las urnas trae a colación el dilema de dos tipos sociales que se excluyen: el de la primacía del ciudadano como sujeto de derechos con los resultantes conflictos y un modelo tendiente a producir armonía, o, dicho de otra forma, totalitario.

El primero necesita instituciones y procederes democráticos, tales como: los resguardos ciudadanos contra el poder del Estado; la división de poderes; la democratización de la actividad económica; la existencia de una sociedad civil vigorosa y autónoma con relación al Estado; la aceptación del pluralismo político, las libertades básicas, el Estado de Derecho, la dinámica de minorías y mayorías y las consiguientes elecciones libres y competitivas que, propicien una saludable alternancia de poder; de propiciar través de políticas públicas, al menos, un mínimo indispensable de igualdad de oportunidades y prestaciones sociales; incentivar la movilidad social ascendente orientada a lograr que predomine la clase media, etc.

El segundo ha sido de consecuencias terribles, “pues opera con una teoría que solo se ocupa de tipos ideales inexistentes, es decir, sociedades de completa armonía que se definen frente a otras de constantes conflictos”. Eso es, son abstracciones construidas por intelectuales de gabinete, como Karl Marx, que resultan en la práctica autocracias que se presentan como reparadoras de todos los males, sostén de los oprimidos y fundadoras del orden. El caso cubano es un botón de muestra de como dicho modelo ha creado una suerte de emparejamiento descendente, opresión política, así como ha producido un daño antropológico que va en detrimento de la propensión humana hacia la libertad, la justicia y el mejoramiento material de su existencia.

Las fuerzas vivas prodemocráticas deben apostar, desde una perspectiva sociológica, por un modelo que disemine por toda la sociedad una inquietud vivificante, una energía cívica sin igual y unas fuerzas que emanen desde lo más sentido de sus entrañas. El Estado es una construcción humana muy necesaria de la cual no se puede prescindir, pero el ciudadano con sus derechos y libertades fundamentales, tiene que asumir el protagonismo de su propia vida. Esta infame experiencia totalitaria de más de 60 años, debe servirnos de lección, para que en el nuevo proyecto de nación que estamos llamados a implementar, nunca más se materialicen espectáculos humillantes como el que nos ocupa.